A todos nos parece natural la vinculación con el otro, es más, si apuramos el concepto diríamos que no sólo necesitamos el encuentro entre el tú y el yo sino que no somos nada sin el otro, sin la otra. Es cosa clara en el amor entre el hombre y la mujer, entre padres e hijos, entre hermanos. Formamos familia, nacen nuestros hijos y cuando hay rupturas hablamos de desamor, se ha perdido el encuentro entre dos. Hay un espacio vacío. Desde la perspectiva social, la vinculación con el otro, con el prójimo, aparece igualmente necesaria. Sobre todo cuando vemos grandes segmentos de la población desvinculados del resto. Hay problemas del ser humano, de los jóvenes, de los viejos, de la mujer, de los niños que requieren urgentemente de la organización fraterna, de la solidaridad. Una sociedad no debiera desvincular, excluir a ninguno de sus componentes. Nos afecta el dolor de algunos, nos afecta la plenitud de algunos. A todos nos llega el otro social. Los demás están en nosotros, se nos reflejan como en un espejo. Estas ideas que aparecen tan claras a nuestra comprensión, tan básicas en el magisterio del evangelio de Jesús, curiosamente, aparecen igualmente oscuras y complejas cuando miramos a nuestro alrededor. Vemos niños sin escuela, jóvenes desesperanzados, viejos abandonados. Por análisis estadísticos decimos que son los excluidos de la sociedad. Y a veces nos quedamos tranquilos, como que así tuviera que ser. Como en una tragedia griega, aceptamos el destino de los desafortunados. Pero también a veces no aceptamos ese destino, creemos que se puede cambiar, que uniendo fuerzas todo, o casi todo, es posible. Como nos enseñó Jesús en su redención a la humanidad. Es por eso, que un grupo de hombres y mujeres, al alero de la Fundación San Damián, con mucha fe, queremos dar un paso hacia los demás. Queremos aproximarnos a su inspirador, el Padre Damián de Molokai. El Padre Damián no sólo buscó a los más abandonados. Fue más allá, buscó servir a los intencionalmente excluidos, a los confinados, a aquellos que la sociedad quiso hacer invisibles a su entorno, a esos hombres y mujeres leprosos que le daban miedo y, literalmente, los aisló en Molokai. Allí partió el padre Damián. En el mundo moderno, sofisticado y comunicado, con fuerte influencia de la Economía y con grandes debates sobre los Derechos Humanos, observamos con preocupación que aún hay islas sociales. También en Chile, aquí en Santiago. Cobra fuerza así, el modelo del Padre Damián. Instalados en su paradigma, la Fundación ha ido al encuentro de hombres y mujeres que viven el sueño de ser más, de ser tomados en cuenta, de incorporarse al trabajo, a la educación, a la familia. En Lampa, una de las comunas más pobres de Santiago, muchos jóvenes se capacitan en computación como una herramienta eficaz para obtener un trabajo. Esta es una acción conjunta con la parroquia del lugar. La Fundación colabora con la villa Padre Hurtado donde se atiende a los adultos mayores en situación de abandono e indigencia. Hay otras obras en proyecto. Desde estas líneas invitamos al lector a participar en este encuentro con el hombre y mujer que viven circunstancias especialmente difíciles en sus vidas.. La Fundación San Damián nos hace de puente. Puedes participar como socio o como voluntario. Hay un espacio para ti como también muchos necesitan de tu espacio. Estamos convencidos que también tú encontrarás mucha satisfacción en la sonrisa del niño, en la esperanza del joven, en la mirada tranquila del abuelo. Encontrarás al otro. Sin duda, junto a Jesús pues la Fundación trata sobre sus tres temas predilectos: los niños, los pobres y los excluidos por el pecado social. Sergio Avalos V. |